Argentina 1985

Título original: Argentina 1985
Dirección: Santiago Mitre
Guion: Santiago Mitre, Mariano Llinás
Música: Pedro Osuna
Fotografía: Javier Juliá
Reparto: Ricardo Darín, Peter Lanzani, Alejandra Flechner, Carlos Portaluppi, Norman Briski, Héctor Díaz, Alejo García Pintos, Claudio Da Passano, Gina Mastronicola, Walter Jakob, Laura Paredes, Gabriel Fernández
Productora:
La Unión de los Ríos, Kenya Films, Infinity Hill, Amazon Studios.
País: Argentina
Año: 2022
Duración: 140 min.

A finales de 1984 el fiscal Julio Strassera recibió un encargo histórico del poder judicial argentino: a raíz de la absolución que Videla, Massera y otros jerarcas de la recientemente disuelta Junta Militar (1976-1983) habían recibido por un tribunal militar que juzgaba los crímenes de Estado ocurridos bajo su mandato, el gobierno, con el fin de apaciguar los ánimos de una población que acababa de sufrir una dictadura genocida y se indignaba ante la impunidad de sus ejecutores, decide llevarlos a un jucio alejado de la poco imparcial justicia castrense. [Parafraseando a Groucho Marx, Justicia Militar son dos términos contradictorios]. En unos 5 meses tiene que preparar una acusación contra dichos criminales y otros siete altos mandos del ejército involucrados en la dictadura. Y tiene que hacerlo con un fiscal adjunto en su priemr caso y que además proviene de familia militar proVidela, la negativa del resto de la profesión a ayudarle, la absoluta falta de colaboración de la gran mayoría de la policía y el ejército, cómplices de los asesinatos en masa, recibiendo amenazas de muerte habituales el equipo jurídico y diversos testigos, y con un poder mediático e incluso gobernamental que se dedica a exonerar a los acusados reproduciendo su tétrica narrativa: que en 1976 Argentina estaba al borde de la insurrección guerrillera comunista -cosa bastante pretenciosa, la verdad- y lo único que podía hacerse era tomar el poder y asesinar a todos los subversivos. Discursos que en los últimos años ha vuelto a la sociedad argentina, generando consecuencias como aupamientos de ultraderechistas redomados e incluso un intento de asesinato de la vicepresidenta, figura histórica del peronismo de izquierdas. Aunque precisamente un punto en el que falla el largometraje es en apenas tirar por tierra esta falacia histórica de los ‘milicos’, justificadora de los crímenes de esta dictadura militar, y de unas cuantas más: Chile, Paraguay, Nicaragua, Brasil, Perú… y la República Española, no nos olvidemos de ello, y de que quizás por esta razón la película lo está petando en la vieja metrópolis y en todo el mundo latino, ya que nunca antes se había conseguido llevar a juicio a la élite de ninguno de estos regímenes, y en muchos de estos países compartidores de lengua estamos viendo esta película con una sana envidia y deseos de haber visto a nuestros dictadores locales en la misma situación de descrédito social e incluso condena penitenciaria. La ausencia de menciones a la Operación Cóndor, plan estadounidense de instaurar regímenes dictatoriales en América del Sur con el fin de combatir al comunismo en su “patio trasero”, es otro de los fallos achacables a este film. Es además algo que está documentalmente constatado, como la relación entre Emilio Massera con neofascistas italianos mercenarios.

La película es indudablemente un peliculón con todas las letras, con un ritmo y un guión cuidadísimos, una reproducción histórica de los juicios al detalle, calcada de la realidad en algunos casos -hasta el punto de que en algunas tomas intercalan el material rodado para la película con imágenes reales del juicio, aprovechando que se estaba transmitiendo por la televisión. Es muy intensa, y se recogen testimonios desgarradores. La estrategia de la fiscalía, fruto de carecer de acceso a documentación en el caso en que esta existiera, fue recorrer los lugares más recónditos de argentina buscando personas represaliadas por la dictadura, con el fin de demostrar que ocurrieron las mismas cosas en todos los sitios, ya que habían sido ordenadas desde arriba, no por la voluntad de unos suboficiales rabiosos, como habian declarado ante sus correligionarios militares Videla, Masera y otros terroristas de Estado más. Más de 700 testimonios confirmaron esto, de supervivientes que no estaban entre las 30000 personas que se calcula que se hizo desaparecer en estos años. La mayoría, además, pudieron declarar sobre algunas de esas 30000 personas, ya que eran familiares, amistades, compas de organización polítia o habían coincidido en alguna de las prisiones clandestinas donde se torturaba y asesinaba.

La película termina con la condena de algunos de los genocidas, mostrándose en su final triunfalista, dejando como una de sus últimas frases la de las cientos de personas subordinadas a los condenados en este juicio que han seguido recibiendo condenas por su papel en la dictadura: oficiales, suboficiales, comisarios de policía, torturadores, ejecutores… Un final que parece dejar como válido el poder judicial, como que al final siempre triunfan los buenos y la verdad, pero lo cierto es que eso no es del todo verídico a lo que ocurrió realmente: en 1986 el gobierno de Alfonsín amnistió los delitos por los que habían sido condenados los del juicio de 1985. Y en 1990 el conservador Carlos Menem (el del ‘Corralito’, para más señas) concedió el indulto a Videla, Masera y el resto de condenados. Y a lo largo de toda la década se mantendría un discursos de “no hubo ni buenos ni malos”, “hay que olvidar”, “hay que perdonar”, etc. Cosas que en muchos países latinos, incluyendo el Reino de España, hemos escuchado y seguimos escuchando a día de hoy como discurso institucional oficial. Esto no fue del todo acatado por el poder judicial, que siguió intentando enjuiciar a los genocidas por delitos de lesa humanidad, que están por encima de las legislaciones de cada país, y además judicaturas como la italiana y la alemana movieron ficha debido al asesinato de personas nacionalizadas de dichos países durante la dictadura. Massera y Videla volvieron a prisión, pero les fue dado el privilegio de arresto domiciliario tras pocos días. Con la subida en 2003 al gobierno del peronismo de nuevo, de la mano de Néstor Krischner, se volvió a hablar de la dictadura en clave condenatoria y se comenzaron a habilitar museos de memoria histórica de la dictadura -en algunos casos en centros de tortura de la dictadura, como el Garage Olimpo- y se reactivaron los juicios contra responsables de la dictadura, tras ser derogadas las leyes de 1986 que impedían más juicios. Y en agosto de 2010 se declaró inconstitucional el indulto de Menem, obligando a volver a los indultados a prisión. El cabronazo de Massera no entró al llevar años incapacitado por demencia, y murió dos meses después. La escoria infinita de Jorge Videla tuvo un final relativamente acorde a lo que se merecía: desprovisto de honores militares, pasó sus últimos años en una celda y apareció muerto sentado en la taza del water de la misma en mayo de 2013. Mientras tanto le iba llegando el turno a los subordinados, hasta la fecha.

En relación a la película, muy recomendable de ver, una obra maestra más de las que nos brinda el cine argentino, y una lección para el resto del mundo hispanohablante de otras vías de afrontar procesos de posdictadura.

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