En los primeros meses desde la invasión del III Reich sobra la URSS, el número de tanques era limitado, y en concreto el de los nuevos T-34. Uno de los más recientes era el KV-1, que sirvió en el primer año de guerra para retrasar el avance de los Panzer IV y de la infantería nazi en general. La película trata de Semyon Konovalov y su tripulación, condecorado como héroe tras su papel en diversos enfrentamientos en 1942. Además, entre los personajes está YYY, que es una ingeniera del Ejército Rojo especialmente diligente, que da lecciones a los hombres sobre mecánica y motores, lo cual hace feliz nuestro corazoncito envenenado por la ideología de género.
Aunque la postura del Vaticano y de la de gran parte de la Iglesia católica fue de una neutralidad colaboracionista con todo el régimen nazi en los territorios que controlaba, hubo sectores de ésta, en especial en Italia, que formaron parte de la resistencia. En concreto la película muestra las redes que algunos monasterios, templos e incluso obispados tejieron para conseguir salvar judíos perseguidos por el nazismo. Ello contribuyó a que Italia, incluso en el período en el que el III Reich entró directamente para preservar el moribundo régimen de Mussolini, fuera de los países en los que menos población judía fuera asesinada durante la Segunda Guerra Mundial.
Igualmente, no hay que olvidar que este tipo de películas pueden blanquear el papel de la Iglesia durante la contienda: el Vaticano, consciente del exterminio judío, no hizo absolutamente nada, como podemos ver en otras películas, en especial en Amén (Constantin Costa-Gavras, 2001). A ello hay que sumarle el papel de multitud de jerarquías de la Iglesia a la hora de denunciar a combatientes antinazis -en especial a comunistas-, a disidentes sexuales, a judíos y a otros grupos perseguidos a las autoridades germánicas, además de ayudarles a escapar en 1945 mediante toda una red de edificios religiosos (gran parte situados en Italia) hacia la España de Franco, África o América Latina, en la llamada red Odessa. Las historias cinematográficas del papel individual de las personas que aparecen en la película, así como el de cualquier persona que se enfrentara de esta forma al nacional-socialismo independientemente de sus ideas o credo político tienen cabida en este blog, pero jamás olvidando lo que puede haber detrás, como es el caso. Pero sigue siendo una película recomendable.
Tracy es una adolescente poco canónica aficionada a los bailes considerados “de negros” por la sociedad blanca estadounidense de clase media de inicios de los años 60′ a la que pertenecen ella y su amiga Deborah. A pesar de la vergüenza que le produce, un día decida hacer su sueño realidad y se presenta en un evento organizado por el show que ve todos los días, y el público y el jurado queda admirado.
Como buena película de John Waters, el humor absurdo, las situaciones exageradas y el personajismo están a raudales. En este caso, nos encontramos con una película musical (de baile en este caso) con la cuestión racial de fondo: la segregación continúa vigente en multitud de esferas sociales y culturales del Baltimore de entonces, incluyendo la televisión. Además de sus alegatos antirracistas, la cuestión de género está bien latente: no sólo tenemos a Divine haciendo a la vez de madre ama de casa anti-segregación y de empresario racista, sino que la protagonista, gorda y de clase más baja que la media, se ennovia con el guaperas, esquiva la competencia machista de otras chicas y termina triunfando socialmente de diversas maneras. Elementos, entre otros, que convierten este clasicazo de John Waters en una película muy recomendable.
Por cierto, hay una versión remasterizada de 2007. Aunque John Waters le dio su visto bueno, la verdad, advertencia para quienes tenga curiosidad por verla: no le llega a ésta ni a la suela del zapato. Todo es más normativo, el mensaje político está más descafeinado, y John Travolta haciendo de madre, como que no.
Martín es un joven lingüista que llega a una aldea del norte de México con un encargo de la Universidad: grabar a las últimas dos personas que quedan vivas que hablan el zikril, una milenaria lengua con la que se dice que se puede hablar con los animales. Para problema de Martín, las dos personas están muy enfermas. Aparece una tercera, Evaristo, que se niega en rotundo a colaborar por un antagonismo que tiene desde hace 50 años con Isauro, otro de los supervivientes, según dicen por haber estado enamorados de la misma mujer. Martín hará todo lo posible para conseguir grabarlos conversando y así poder desvelar los secretos del zikril, a la vez que se irá inmiscuyendo en sus vidas hasta dar con situaciones bastante impactantes.
En diciembre de 1937 Nankín, la capital de la China de entonces, cae en manos del Imperio japonés tras duros combates. Las autoridades militares comienzan una matanza sistemática de toda la población china sin precedentes en la historia de ambos países: se considera que en cuestión de tres semanas se asesinó a 300000 civiles chinos, además de provocar la huida de miles de personas más. Pasando por encima de convenciones internacionales, embajadas de países aliados y neutrales, campos de refugiados, templos budistas y musulmanes y cualquier impedimento para cagarse a todo lo que pareciera chino.
La película, en la línea gore que caracteriza esta saga, reproduce esas semanas con todo lujo de detalles escabrosos. Pero sin exagerar en absoluto: muchas de las imágenes más impactantes son reproducciones muy fieles de fotografías o vídeos que se conservan de todo aquello, o testimonios de las escasas personas supervivientes a todo aquello. Con nombres, fechas, hechos narrados, incluso grabando algunas escenas en los lugares exactos donde ocurrieron. Lo cual convierte a esta cuarta y última parte de Men behind the sun –que, por cierto, no veáis la 2 y la 3, que son copias baratas de la primera, en ocasiones repitiendo hasta escenas–, en un documento audiovisual imprescindible para entender la Segunda Guerra Mundial en Asia. Si bien ha habido películas posteriores en relatar la masacre de Nankín, como Ciudad de vida y muerte (Lu Chuan, 2009) o Las flores de la guerra (Zhang Yimou, 2011), ésta es sin duda la más fiel a los hechos históricos, y también la más explícita y la más fuerte. Recomendable.
Ronit vuelve a Londres tras años de haber huido e instalarse en Nueva York. Su padre, destacado rabino de una comunidad judía ultraortodoxa, acaba de morir. Allí se reencontrará con Dovid y Esti, amistades de la infancia que ahora se han casado. La tensión es permanente en la primera mitad de la película, pero más tarde terminaremos sabiendo a qué se debe, por qué Ronit huyó y también algunos retazos del funcionamieto de este tipo de realidades frente a ciertas divergencias.
Aunque nos hubiera gustado otro tipo de final, la película está bien y es bastante recomendable.
Marina pierde a su novio tras un achaque nocturno. Éste estaba en trámites de separación, así que de un plumazo se ve sin pareja, sin coche, sin casa y en el punto de mira de familiares del fallecido, médicos y policías, quienes no ocultan la poca gracia que les hace que un ciudadano de bien estuviera liado con una chica trans más joven a modo de acciones de acoso, amenazas y todo tipo de vejaciones. Sin embargo, Marina sale adelante haciendo lo que considera correcto en cada momento.
Bastante dramática y tensa, pero tan empoderante como recomendable.
Si os gusta el universo de Batman pero os parece muy lamentable que este personaje sea el protagonista, siempre defendiendo la ley y el orden, y además de forma supersacrificada megacristiana, ésta es vuestra película. Batman no es ni nombrado. El protagonista es Joker, uno de sus enemigos más temidos. Y a pesar de todo, un personaje que siempre ha levantado simpatías en entornos antisistema, caracterizado con los tópicos que el mundo estadounidense de bien caracteriza a cualquier anarquista: individualista, retraído, violento, peligroso… y aquejado por una enfermedad mental que provoca que haga todo esto.
En esta película empezamos viendo a Joker antes de convertirse en tal, recién salido del psiquiátrico, con multitud de problemas derivados de varios sufrimientos mentales. La película no es para nada un alegato a la antipsiquiatría, pero, desde lo patologizante, también muestra una visión empoderadora de la enfermedad mental. Joker termina siendo el héroe que se enfrenta a quienes destrozan su vida y la de los demás, sin quedarse quieto ante quienes lo agraden y ridiculizan, generando colateralmente un movimiento sedicioso en Gotham en contra de los poderes policiales y políticos. Pese a ser desde lo mainstream y con mogollón de topicazos, es una película recomendable.
Título original: Zero Patience Dirección:John Greyson
Guión: John Greyson Música: Glenn Schellenberg
Fotografía:Miroslaw Baszak Reparto: Norman Fauteux,Von Flores,John Robinson
Productora:Coproducción Canadá-Reino Unido; Zero Patience Productions, Téléfilm Canada, Ontario Film Development Corporation, Channel 4
País: Canadá
Año: 1993 Duración: 87 min.
Sir Richard Burton, importante empleado del Museo de Historia Natural, bebió un elixir de la eterna juventud a finales del siglo XIX y sigue tal cual. Un siglo después se dispone a realizar un documental sobre Zero Patience, un azafato de origen canadiense acusado de ser la persona que llevó el VIH a los Estados Unidos. Este personaje (en castellano ‘Paciente Cero’) es la alegoría de Gaëtan Dugas, el personaje histórico de idénticas características, a quien la prensa demonizó tal y como aparece en la película.
Se trata de un musical repleto de humor absurdo y estrambótico, poseedor de interesantísimas reflexiones sobre el contagio, la culpa, la responsabilidad individual y colectiva, la historia de las epidemias, el impacto sobre la comunidad gay y travesti… Una película imprescindible en estos tiempos de coronavirus y de discursos tan casposos y contraproducentes sobre las enfermedades. Archirrecomendable.
El 19 de julio de 1936 el golpe de estado militar apenas encontró resistencias en Salamanca. Ni si quiera la de un republicano tan ilustre como el escritor y rector de la universidad Miguel de Unamuno, que llevaba ya tiempo desencantado con la II República. Pero de ahí a terminar justificando el autodenominado ‘Alzamiento Nacional’ como la defensa de la civilización cristiana occidental había un paso muy grande. La película analiza este proceso en los últimos meses de vida del literato vasco, el cómo va dándose cuenta de la verdadera naturaleza de esa Nueva España que van labrando a la vez que van desapareciendo algunas de sus amistades por diferentes motivos ideológicos.
Ello dará origen a la famosa disputa que compartieron el escritor con el co-fundador de la Legión José Millán-Astray en el paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936 durante la celebración del llamado ‘Día de la Raza’ -hoy renombrado ‘Día de la Hispanidad’-, en la que Unamuno espetó al militar y a su séquito el famoso “Venceréis, pero no convenceréis”. El discurso no está grabado, sino que varias fuentes que lo oyeron en directo por la radio lo han reproducido. Lo reproducido en la película es bastante fidedigno con esos retazos memorísticos, pero también aporta conceptos y reflexiones que no están registradas en la historiografía, y que vienen más a cuento de una narrativa de aunamiento entre españoles, curar heridas y limar asperezas propia del espíritu de la Transición. Unamuno no dijo “ni fascismo ni bolchevismo” ni habló de que había que acabar con la guerra en pro de la unidad de todos los españoles (un discurso que no sólo nos recuerda a los inicios del régimen del 78, sino que también al falangismo). Quizás eso es lo peor y menos riguroso que nos ha parecido de la película, además de que el uso de personajes históricos para promover discursos que afectan a la actualidad, entendemos que por parte de los guionistas, nos parece un acto tan anacrónico como rastrero.
En cualquier caso, la película goza de una impecable ambientación, un rigor histórico muy alto -salvando, obviamente, cuestiones relacionadas con necesidades de guión- y los actores están extremadamente bien caracterizados e interpretados frente a los personajes originales a los que interpretan, a niveles de que se les puede reconocer sólo por su aspecto.
Con las cuestiones ya apostilladas de fondo, pero recomendable.