Realizada poco después del final de la Segunda Guerra Mundial, nos encontramos ante una pieza bastante realista, honesta y fidedigna sobre el papel de la patronal industrial durante el nazismo. Empezamos a verla desde el prejuicio de ver una película, al estar producida por un estado socialista (la RDA en este caso), que nos situara a la burguesía como un bloque único demoníaco de manera panfletaria, pero nada más lejos de la realidad. Basada en testimonios reales del colaborador estadounidense Richard Sasuly y de las declaraciones realizadas durante los juicios de Nürnberg contra directivos y magnates del conglomerado empresarial I. G. Farben, nos encontramos con interesantes reflexiones en torno a la responsabilidad colectiva que hubo en el nazismo, en torno a la estructura disolutoria del poder, por la cual parecía que todo el mundo era un engranaje en la máquina de realización de la guerra y más adelante del Holocausto. En este caso concreto, una fábrica de la industria química y petroquímica se ve notablemente enriquecida con la escalada militar y finalmente termina produciendo el gas Zyklon B, con el que se llevó a cabo el exterminio de la población judía y otros grupos marginados. Todo ello es visto como una oportunidad económica, los rumores que van llegando del uso de los materiales se ignoran o se les quita hierro, nadie se siente responsable porque todo el mundo cumple órdenes de arriba y/o hay miedo a la Gestapo en caso de no cumplir con cada función, y también hay cajas B donde se ingresa el dinero de una parte de la producción que no se está produciendo oficialmente. El sindicalismo es perseguido y la plantilla apenas tiene capacidad de maniobra para enfrentarse a todo esto. Sin embargo, las acciones de todos los burgueses no son las mismas, y oscilan entre la mayor miseria humana posible y el arrepentimiento y cambio de postura con el fin de mantener un poco la dignidad humana.
Muy interesante, muy entretenida y muy recomendable.
Título original: Petons a Robadors Dirección: Anna Clua, Pedro Mata Guion: Anna Clua, Pedro Mata Música: Malamara Productora: Ministerio de Economía y Competitividad, Oficina de Suport a la Recerca i la Transferència de la Universitat Oberta de Catalunya
País: Reino de España Año: 2020 Duración: 37 min.
Este pequeño documental nos introduce a un acercamiento a la situación de las prostitutas del Raval barcelonés en un contexto como el actual, marcado por la colocación sobre el tablero político de la cuestión del trabajo sexual con una intensidad que nunca había tenido lugar en el estado español salvo quizás bajo la II República. La legalización del sindicato Otras en el verano de 2018 fue un detonante para la visibilización y movilización del movimiento de las putas, y también sentó las bases de movimientos reaccionarios desde el lado ultraconservador y también desde un supuesto feminismo que se centra más en minar a las prostitutas que dice defender que en la lucha feminista en sí. Un contexto que se parece poco al que nos narra el documental Yo también soy puta (VV.AA., 2006), más centrado en las políticas gentrificadoras, pero que tampoco es tan alejado, pues ocurre en el mismo contexto geográfico y social, solo que casi quince años más tarde.
Junto con la gentrificación del barrio, las protagonistas siguen teniendo que enfrentarse al estigma social y a la pobreza generalizada, pero hallamos elementos nuevos bastante importantes: por ejemplo, la presencia de personas racializadas en puestos importantes de la organización de las putas ravaleras, o un discurso más pulido, una unidad mayor y una red que parece más amplia. También como contrapunto tienen que hacer frente a feministas que se manifiestan contra ellas, pero a su vez parecen tener más red respecto al documental anterior: más apoyo de los locales, del movimiento vecinal, imbricación en las luchas del barrio (sindicatos de vivienda, infraestructuras para el barrio, el contexto surgido tras el 1 de octubre de 2017…).
Lo importante es que nos narran en primera persona y a pie de calle sus experiencias, sin necesidad que nadie hable por ellas, y nos sitúan con toda la crudeza y a la vez con toda la belleza del mundo en su contexto social como prostitutas y como activistas del trabajo sexual y de su barrio. Muy recomendable.
Título original: Yo también soy puta Dirección: Varias Autoras Guion: Coni Docolomanski, Julian Coraggio, Marta García, Ana Pau País: Reino de España Año: 2006 Duración: 33 min.
En 2005 entró en vigor una ordenanza en la ciudad de Barcelona que sentaría las bases de muchas otras ordenanzas despóticas. Bajo el ayuntamiento ‘socialista’ de Joan Clos, se prohibieron multitud de conductas en la calle bajo amenaza de multa que tienen que ver con la pobreza: dormir en la calle, comer, pedir… y la prostitución. Esto ocurre en mitad de un proceso de gentrificación en el principal barrio donde tiene lugar esta profesión: el Raval, conocido tradicionalmente como barrio chino.
Este documental nos habla del primer movimiento de prostitutas que tuvo lugar en la Barcelona de entonces, poniéndonos como protagonistas a las prostitutas, con las manifestaciones, los primeros discursos en torno a este tema, la cuestión de la población migrante, los abusos de la policía, la creciente violencia inmobiliaria… Todo muy bien hilado, con imágenes que no distan demasiado del reciente movimiento proderechos de las trabajadoras sexuales, y con discursos que se nota que no están tan afilados como en la actualidad, tras más de 15 años de movilización continuada con incrementos como el actual, pero que en su época fueron tan rupturistas que lo seguirían siendo a día de hoy, puesto que las trabajadoras sexuales siguen en una importante indefensión social, sindical y jurídica.
En julio de 2011 tuvo lugar el mayor ataque terrorista en suelo noruego, cuando Anders Breivik hizo explotar un coche bomba en el barro gubernativo de Oslo y una hora después apareció en la isla de Utøya, donde tenía lugar un campamento organizado por las juventudes del entonces gobernante Partido Laborista Noruego, armado y con abundante munición. El saldo fue de más de 70 muertos, un centenador de heridos y cientos de casos de estrés post-traumático. Breivika día de hoy sigue en prisión, sigue sin arrepentirse y es vanagloriado por neonazis de todo el mundo que comparten su repugnante cosmovisión. La película parece pretender hacer una advertencia a los peligros del fascismo creciente en Europa, y su forma de hacer es una película de alta calidad cinematográfica y cuenta con un realismo con pocos precedentes a la hora de abordar una masacre de este tipo. Los personajes no son reales, sino que están basados en testimonios de personas reales, y la duración del film coincide con la duración de la masacre, hasta que la isla se llenó de policías que detuvieron al asaltante. La protagonista es una joven que va transitando por diversas partes de la isla, encontrando gente herida, cadáveres, gente escondida en lugares insólitos y te contagia con facilidad el miedo que padece. Y todo en un único plano, para mayor mérito y para mayor agobio de sus espectadores.
Título original: Cheolgil ueseo Dirección: Kim Song Gyo Productora: Korean Film País: Corea del Norte Año: 1960 Duración: 90 min.
Durante la Guerra de Corea, un tren cargado de materiales de factoría en dirección a PyongPyang es interceptado por las fuerzas estadounidenses y surcoreanas. A partir de aquí asistimos a una historia que combina espionaje, fuerzas guerrilleras y resistencia comunista frente a injerencias capitalistas. Alejada del panfletarismo nacionalista y del culto al líder de buena parte del cine bélico norcoreano, nos encontramos con una historia muy entretenida que encantará a la gente aficionada a los trenes, al cine bélico y al cine guerrillero de retaguardia -con especial protagonismo en las mujeres guerrilleras, dicho sea de paso-.
Julio Blanco es el propietario de Balanzas Blanco, una empresa dedicada a la construcción y distribución de básculas. Va de empresario guay, que quiere mucho a sus trabajadores, que los consideras como hijos y hermanos bajo discursos muy paternalistas, y que la empresa en una gran familia. Relanzando discursos corporativos al estilo franquista, compara la empresa con un cuerpo social, en el cual obviamente él es la cabeza. Ya en la primera escena vemos que la cosa no es tan verídica: un trabajador despedido viene a rendir cuentas. Además de los despidos improcedentes, lo veremos metido en prácticas mafiosas, acoso sexual al personal femenino joven, control sobre las vidas de sus empleados -e incluso sobre la de la esposa de uno de ellos, a quien ni siquiera tiene contratada-, relación con neonazis o algo muy parecido, juegos de poder en plan poli bueno / poli malo, manipulaciones de lo más burdo a lo más sofisticado… una tremenda película que define parte de la casta empresarial española y que parece tener como una de sus moralejas que no te fíes de tu jefe guay.
Ambientada en el campo de concentración de Buchenwald en marzo-abril de 1945, en el contexto en el que las fuerzas armadas estadounidenses están cada vez más cerca del campo y los nazis que lo gestionan cada vez más asustados, un polaco deportado aparece con un niño escondido en una maleta. En el campo opera una célula comunista bien asentada que ha logrado años funcionar a escondidas de la directiva del campo, incluyendo acopio de armas de fuego con el fin de sublevarse cuando las condiciones idóneas llegaran, y precisamente en el contexto en el que parte de la directiva del campo quiere descubrir y suprimir esta célula, los presos terminan haciéndose cargo del niño ocultándolo de los mandos nazis.
La película nos muestra además las condiciones del campo, alejándose de las típicas imágenes de sufrimiento pío de las víctimas frente a la maldad satánica de los nazis. Los nazis tienen disputas entre ellos, principalmente alentadas por la posibilidad de que terminen delante de un tribunal de guerra una vez derrotado el III Reich, y los presos no se dejan matar sin oponer resistencia. Sufren, reciben torturas de todo tipo y sometimiento cotidiano carcelario, pero también tienen agencia, se rebelan, se resisten a hablar y finalmente la película nos muestra la insurrección que tuvo lugar en Buchenwald, que terminó con las fuerzas de los EEUU entrando en un campo que ya se había liberado a sí mismo, al contrario que en la mayoría de casos. Y lo que es muy importante: son de lugares diferentes de Europa, ya que en las películas del Holocausto parece que todos los presos son iguales. Tienen problemas de comunicación por no hablar bien la lengua del otro, y aunque los principales grupos son los polacos y obviamente los alemanes -Buchenwald estaba principalmente poblado por ‘presos políticos’, por llamarlos de alguna forma, no hubo tantos judíos como en muchos otros, aunque otros grupos destacados de gente presa en el campo, como los testigos de Jehová y los homosexuales, no aparecen en el film-, también escucharemos hablar castellano en un par de ocasiones, puesto que bastantes exiliados de la República Española capturados por los nazis o sus aliados acabaron en este campo.
Pauline es una enfermera a domicilio, madre soltera de dos criaturas y una persona reputada por ello en su localidad, que no ha tenido contacto con la política más allá de las ideas comunistas de su padre. En cierto momento su compañero de trabajo y médico de familia le propone presentarse como alcaldesa para su pueblo por un partido de extrema derecha francés que tiene demasiados parecidos con el Frente Nacional actual: su discurso identitareísta islamófobo y anti-inmigración, su remarque permanente de que no son racistas, el liderazgo de una mujer de mediana edad rubia y separada de un padre también político fascista, un pasado de integrantes del partido vinculado a grupos neonazis… El resultado podemos imaginarlo, desde la polarización social que esto genera en el pueblo y en el ambiente de Pauline hasta las agresiones racistas que el discurso del partido fomenta.
La película podía haber profundizado e ir más, allá, pero para el contexto francobelga actual, esta película aporta un buen prisma de la ultraderecha francesa: los retorcidos discursos rollo derecha alternativa con el fin de llegar a todo el mundo – decir no ser de izquierda ni de derecha, decir no ser racista sino identitarios, instrumentalizar la lucha de las mujeres colocando mujeres en puestos clave-, los contactos entre los fascistas ricos trajeados con los neonazis que pegan a chavales sin papeles, la instrumentalización del conspiracionismo -en concreto el llamado ‘Gran Reemplazo’, aunque no lo llaman así en la película, los contactos internacionales con grupos similares como los nacionalistas walones, el uso de redes sociales, aplicaciones de mensajería instantánea y blogs de frikis racistas pegados a internet como medios de propaganda, la capacidad de convertir en víctimas a las personas blancas de ultraderecha a pesar de haber potenciado agresiones racistas… Nos hubiera gustado ver algunos temas más, como el uso de personas racializadas y LGTBI por parte de la ultraderecha, o la presencia de movimientos sociales -feministas, antirracistas, antifascistas, de disidencias sexuales…- en la vanguardia de la lucha en la calle contra esta gentuza, lo cual aparece poco y bastante descafeinadamente para lo que es la realidad… Igualmente, la película da un buen retrato de gran parte de la ultraderecha francesa y la deja como lo que son, un grupo de escoria política que busca empeorar las ya demacradas condiciones de vida de la gente racializada que vive en Francia, e instrumentalizar a las personas blancas desencatadas con el sistema político hegemónico para que se enfoquen en otras problemáticas lo más alejadas posibles de la raíz, que viene a ser la sociedad de clases, entre otras cosas. Y esto queda claro en la película en la escena en la que un personaje de la película discute con Pauline y le pregunta si ella ha tenido algo que ver en el programa político de su campaña, o si es casualidad que toda la cúpula de la organización sea gente de clase alta.
A finales de los años ochenta la localidad de Yonkers, en el estado de Nueva York, vivió una polarización social profunda derivada de la construcción de viviendas sociales en emplazamientos vecinos a casas de personas blancas de situación económica privilegiada. La serie nos realiza una crónica centrada a las personas protagonistas de estos hechos a lo largo de cinco años: concejales, alcaldes, funcionariado municipal, vecindario blanco, movilizaciones de colectivos antirracistas, personas que optan y que finalmente ocupan las viviendas sociales… Como es habitual en las obras en las que participa David Simons, nos encontramos con una narración de los entresijos del funcionamiento del poder político estadounidense, en este caso a nivel internacional: conflictos y deshonestidades internas en el ayuntamiento y dentro de los propios partidos que lo componen, relación con el poder judicial y la prensa, promesas que se incumplen al llegar al poder, coqueteo con políticas claramente racistas si ello es instrumentalizable, instrumentalización de políticas antirracistas si con ello se puede hacer carrera política… Y en medio de todo esto, personas afectadas por la marginación social por motivos raciales y clasistas teniendo que soportar a un vecindario que les insulta, se manifiesta en contra o hizo pintadas fascistas e incluso atentados con bomba durante la construcción de sus viviendas.
Tremendo cuadro social de los Estados Unidos basado en un proceso político y social real. Muy recomendable.
Esta miniserie acompaña desde los días previos a la invasión de Irak de marzo de 2003 a pocos días después de la caída de Bagdag (aproximadamente un mes) a un regimiento de los Marines de los Estados Unidos, cuerpo de élite del ejército de los EEUU vanagloriado por tropecientosmil películas y videojuegos. En esta producción audiovisual la cosa no es tan épica. No somos capaces de hacer un recuento de la cantidad de lamentabilidades en relación a la actuación de los EEUU sobre Irak y en concreto a las protagonizadas por este cuerpo de fanáticos patriotilleros archi-racistas, machistas, homófobos, violadores en potencia y con claras tendencias a la ultraderecha en diversos casos. Podemos ver desde asesinatos directos contra civiles, prisioneros, infantes y explosiones de pueblos enteros por la simple sospecha -finalmente desacreditada en todos los casos- de que había combatientes iraquíes escondidos. La mayoría de las veces estos crímenes de guerra generan tensión internas, pero todo acaba difuminándose en intentar taparse todo el mundo mutuamente para evitar represalias y malos royos dentro de la compañía.
La serie no trata de hacer una crítica panfletaria antibelicista, sino que procura mostrar la situación tal y como es, mostrando también los lados humanos de estos jóvenes y no tan jóvenes, carcomidos en todos los casos por la situación de guerra. Algunos dudan y tienen conflictos internos grandes, pero finalmente prosiguen adelante con todo esto. La presencia de un periodista de la revista The Rolling Stones desde el inicio de la invasión sirve como elemento externo que extrema todavía más la tensión ante situaciones criminales presenciadas por un civil, que es a menudo ninguneado, devaluado y su presdencia provoca rebuscadas justificaciones de comportamientos que bajo ningún concepto, incluida la guerra, son justificables.
El racismo es un elemento realmente presento a lo largo y ancho de toda la serie, ya sea contra ‘aliados’ (miembros no blancos de los Marines, el traductor militar, civiles iraquíes pro-estadounidenses, aliados kuwaitíes…) o contra los iraquíes, ya sean soldados o civiles. Y se desarrolla desde imitaciones vergonzosas del acento de la zona al hablar inglés hasta la justificación de asesinatos a sangre fría, pasando por un abanico de situaciones gravísimas, algunas de ellas protagonizadas por soldados y oficiales que podrían militar perfectamente en una agrupación supremacista blanca en la vida civil.
Por último, queda la reflexión que sobrevuela toda la serie y sobre todo el último capítulo sobre si la intervención de EEUU en Irak -denominada oficialmente ‘Libertad para Irak’- estaba o no justificada y ha mejorado o empeorado las cosas. En cierto momento de la serie los soldados reciben la orden de dejar el equipo protector de armas químicas y nucleares sin más profundización, dejando claro que la excusa de las armas de destrucció masiva que posería Saddam Husseín era una trola. En otro momento se permite que Bagdad sea un campo de batalla sin cuartel entre bandas mafiosas y entre chiíes y sunníes sin que los militares estadounidenses quieran arriesgarse a poner orden a costar de perder efectivos y material bélico. Las instituciones iraquíes dejan de funcionar y en la ciudad y gran parte del país se vive un éxodo masivo, una toma de control de ejércitos paralelos de ciertos territorios y una ineficiencia absoluta de los servicios ciudadanos básicos, lo cual, acompañado del asesinato de civiles -incluyendo niñes- a manos de bombas y misiles de la coalición EEUU-Gran Bretaña-Reino de España o directamente de los cañones de las armas automáticas de los militares, deja bastante en tela de juicio la intervención occidental salvadora sobre el país. De esto se dan cuenta perfectamente varios de los marines protagonistas de la serie, que tampoco quedan exentos de recibir estas críticas de parte de mujeres iraquíes indignadas por la pérdida de familiares, y de una occidental que les escupe a la cara que en realidad están ahí por el petróleo. Pero nuestros protagonistas son militares, están ahí para obedecer, incluyendo obedecer órdenes lamentables de superiores más que discutibles y con grandes problemas de respetar la Declaración Universal de los Derechos Humanos, elemento que también sirve en la serie para ver cómo la cadena de mando y las decisiones tomadas por la misma llevan a situaciones del todo lamentables para todo el mundo, marines y sobre todo iraquíes.
Una serie muy recomendable, muy dura en diversos momentos -aunque no es demasiado gore, pero contiene escenas realmente sobrecogedoras- y que a las personas que vivimos la guerra de Irak desde países beligerantes como el Reino de España nos recordará momentos buenos y malos y nos hará sentirnos cómplices indirectos de estos crímines contra la Humanidad que aparecidos en la serie, y a la vez nos hará sentirnos más felices de haber ido a las manifestaciones contra la guerra en el caso de haber ido.